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Cómo ser minimalista: guía de campo

Después de haber escrito y borrado veintenas de artículos sobre el tema durante los últimos 9 años, haber sido entrevistada en múltiples ocasiones al respecto, mandado gran cantidad de boletines relacionados de alguna manera con ello, entrevistado yo a otros y, en definitiva, haber machacado el tema hasta la saciedad; voy a hacer un artículo más sobre minimalismo. Quizá, el más completo hasta la fecha.

Como lo voy a publicar en mi web personal, lo voy a hacer tan largo y sesgado como sea necesario y añadir tantos enlaces como pueda recordar sobre lo ya escrito. Intentaré que sea el manifiesto sobre mi minimalismo personal más conciso que jamás he hecho. E intentaré, aunque no prometo lograrlo, que sea el último.

Al final también te pondré una lista de libros recomendados, artículos escritos sobre o por mí sobre el tema y mi correo electrónico por si quieres más consultoría al respecto.

Los comienzos

Ya me han entrevistado sobre cómo me hice minimalista por primera vez, pero haré un resumen.

Tendría 14 o 15 años, probablemente, cuando fui consciente. Sin embargo, para ser francos, quizá lo fui siempre. Al menos desde que puedo recordarlo, siempre desprecié el hacinamiento de objetos y, sobre todo, sus consecuencias.

Mis padres tenían y aún tienen una finca muy grande. Ellos son lo opuesto a mí en cuanto a las pertenencias y cómo gestionarlas en el espacio. Mi padre colecciona herramientas porque le gusta el bricolaje. Al momento de escribir estas líneas, tiene tres habitaciones que sirven de una u otra manera para almacenar herramientas de construcción, bricolaje o labranza. Las herramientas las usa, aunque la frecuencia queda condicionada por la cantidad. Sin embargo, también le gusta el material deportivo, incluso de deportes que ya no practica. Tiene media docena de cañas de pescar, pero en realidad nunca le he visto hacerlo —si bien asegura que en los años sesenta pescaba—. También posee varias raquetas de tenis, pero me consta que no tiene ni idea de jugar porque nunca supo enseñarme —las pelotas las ha gastado paulatinamente el perro—. Le he visto palos de golf, más nunca pisar un campo. Tiene pelotas de fútbol, pero no le imagino jugando porque se asfixia con solo subir una rampa.

A mamá le gustan los perfumes, le gustan tanto que guarda los botes de estos incluso después de vaciarlos porque “son bonitos”. El armario de ropa de mi madre es un cuarto pequeño entero con estanterías empotradas llenas a reventar. Guarda aún en él vestidos de cuando iba de discoteca en los 80 y las chupas de cuero a juego, aunque, por cierto, ya cumplió los sesenta años. Su otra afición es la artesanía y los objetos antiguos que sirven para decorar las paredes. No hay paredes desnudas en la casa y mires donde mires ves algo antiguo. Para todo lo que estorba, existe una habitación en el chalé apodada “El depósito” que, supongo, su nombre lo dice todo.

En fin, la consecuencia de tanto espacio y tan lleno es nunca tener tiempo. Despreciaba las “cosas por hacer” porque eran la causa directa de que mis progenitores nunca tuvieran tiempo para mí. Yo no coleccionaba cosas para que no me pasara lo mismo, y así he seguido hasta el momento.

Descubriendo el minimalismo

He llegado a una regla mental simplista y probablemente sesgada en este aspecto. Me parece que hay dos extremos de personas en lo que respecta a las pertenencias: las que buscan seguridad, como mis padres, y que dedican su tiempo y esfuerzo a cualquier cosa que sientan que puede proveérsela; y las que buscan la libertad, como yo, y que conciben este concepto como la capacidad de no necesitar.

Siempre me ha parecido que son las dos caras opuestas de la misma moneda: las dos cosas reportan capacidad de supervivencia. A mis papás les da tranquilidad el hecho de saber que si necesitan cualquier cosa ya la tienen, a mí me tranquiliza poder sobrevivir sin casi cualquier cosa. No me parece que una forma de vivir sea mejor que otra, al menos no en el plano moral, por esto mismo no voy por ahí predicando el evangelio del minimalismo ni trato de convertir a nadie. Creo que cada cual tiene su forma de lidiar con la incertidumbre y eso está bien.

El caso es que cuando descubrí el concepto de minimalismo yo solo le puse nombre a lo que ya era. Pero, con el tiempo, fue madurando mucho más allá de las pertenencias. Ahora tengo claro que la reducción drástica de las posesiones materiales es solo una consecuencia frecuente de la filosofía o forma de vida minimalista en sí. Es una personalidad, no puede imponerse.

Lo importante en un minimalista es la eficiencia y la autorregulación, tanto de lo material como inmaterial, de todo lo que le rodea. La eficiencia es la capacidad de lograr un efecto deseado con la mínima cantidad de recursos posibles o en el menor tiempo posible. En general todo es eficiente en tu vida cuando logra resultados sin darte más trabajo. Más para mí no siempre es mejor por esta razón: lo mejor es “lo suficiente”. Tanto si te pasas para arriba como para abajo, el resultado no es óptimo y trabajas más por gusto.

Yo minimizo muchas cosas más que las cosas, válgase la redundancia. Simplifico los procesos, por ejemplo. Soy un verdadero monstruo del orden, la productividad y las rutinas. Rara vez añado nada nuevo a lo que ya funciona, pero dedico tiempo a perfeccionar lo que ya no está funcionando. Soy estricta con mis propias simplicidades y, a la vez, hasta la más pequeña cosa de mi ecosistema tiene ya una razón para ser como es y no de otra forma.

El minimalismo exige autoanálisis de casi todo. Aún no he topado con nada que no tenga un punto óptimo, y se lo busco a todo. Hasta a las cosas más naturales.

No tengo muchos amigos, por ejemplo. Entiéndase amigos como personas que tienen influencia sobre mí, cuyas vidas me importan, cumpleaños y aniversarios me sé de memoria, a los que les dedico tiempo y podrían contar con mi ayuda en cualquier momento. Las personas en sí mismas me parecen un esfuerzo porque cuando aprecio a alguien quiero hacerlo bien, estar disponible y atenderlos como merecen. Siempre me ha parecido que la gente que tiene muchos amigos no tiene amigos de verdad. No puede atenderlos de forma óptima a partir de un número determinado, no creo realmente que se pueda.

Para mí las personas ocupan un espacio, no físico sino conceptual y temporal, en mi vida. Y siempre he considerado mis recursos mentales como un bien limitado. Influye en esto que soy alguien introvertido, esto es: la interacción social me desgasta y necesito periodos de soledad para recargarme. Pero creo que todo el mundo tiene un punto máximo aquí, hasta las personas más sociales, a partir del mismo no puede seguir añadiendo individuos a su vida sin a: descuidar los actuales, o b): hipotecar su tiempo básico personal.

El caso es que uno empieza a simplificar sus posesiones físicas y mentales cuando analiza los puntos óptimos de todo aquello que le rodea. Y busca los puntos óptimos para aprovechar al máximo el tiempo —es decir la vida—. Todos tenemos veinticuatro horas por día, de las que dormimos un promedio de seis, trabajamos ocho y se se nos escurren entre en el aseo y alimentaciones unas dos. Algunas personas tienen más, otras aún menos. Están los niños, el transporte, la burocracia… la verdad mis cuentas son absurdamente simplistas a lo positivo, pero en cualquier caso se entenderá que lo que queda debería ser inteligentemente gestionado porque el tiempo será lo único que no recuperarás jamás.

Además, aunque rara vez el desorden es reconocido como una fuente importante de estrés en nuestras vidas, lo es para los psicólogos. El desorden bombardea nuestra mente con estímulos excesivos (visuales, olfativos, táctiles), obligando a estos sentidos a trabajar horas extra en los estímulos, nos distrae por llamar nuestra atención, nos hace más difícil relajarse, angustia y crea sentimientos de culpa y frustra al impedir la localización de lo que necesitamos rápidamente.

No dejar que te arrastre

La gente no lleva la cuenta de todo lo que acabo de decir. Los amigos se añaden un poco al tuntún, las horas van llenádose sobre la marcha, a las posesiones se les dice “por qué no”.

Digamos que las personas suelen dejar las cosas correr, estamos probablemente biológicamente preparados para hacerlo. Es por esto que el minimalismo no es innato, incluso resulta contraintuitivo. El punto óptimo de todo hay que pensarlo, todo el tiempo hay que tomar decisiones, buscar razones y porqués. En cambio, la mayor parte del tiempo actuamos en modo automático, nos dejamos llevar por nuestros sesgos e impulsos más básicos porque nos es más fácil. Nuestra biología en sí misma es una acumuladora nata de recursos y ahorradora de esfuerzos —lea Pensar rápido, pensar despacio, del premio Nobel de Economía en 2002: Daniel Kahneman, para ampliar en esto—.

No me mal interpretes, la naturaleza es sabia. Eso es indiscutible. En los entornos naturales no hay nada que sobre, todo lo que no es necesario paulatinamente se extingue. Muchos peces, por ejemplo, no necesitan sistema de saciado y ya no lo poseen —si es que alguna vez lo hicieron—. Hay poco plancton flotando naturalmente en su hábitat natural, así que simplemente comen todo el tiempo y nunca llega a ser demasiado. De hecho el pez que más sobrevive suele ser aquel que menos necesita para seguir moviéndose. En cambio, en ambientes artificiales como nuestras peceras, es bastante frecuente que la gente mate a sus peces vagos dándoles de comer hasta que explotan, literalmente.

Esta alegoría guarda parecidos razonables con el consumismo, la obesidad mórbida y otras tantas epidemias de nuestro tiempo. En un ambiente artificial como lo es esta era de posibilidades casi ilimitadas, el minimalismo es más bien un sistema de saciado manual autoimpuesto. No es obligatorio hacerlo, por supuesto, pues es improbable que literalmente explotes. Pero tu casa, horario, estrés y tal vez tu nivel de colesterol están que rebosan por más o menos la misma razón que el pez: no sabes cómo parar y no tienes un plan para hacerlo.

Y, me temo, no vas a aprender en la trayectoria actual. No llegará un punto en el que estés satisfecho con una cosa más porque el deseo siempre va en ascenso: cuanto más tenemos más queremos. La única forma de salir es romper el círculo de la relatividad. Todo es relativo, esa es la clave.

Nadie siente chispas de felicidad por una tele de prestaciones inferiores a la que tiene. No vemos las cosas en términos absolutos (una buena tele), las comparamos con el punto anterior (una tele peor). Presuponemos que algo es bueno o malo basándonos en nuestro propio comportamiento previo. De esta forma, el consumo es un proceso autocatalítico; un proceso que se acelera y aumenta con el tiempo porque se cataliza a sí mismo. No me lo he inventado yo, puedes leer “Las trampas del deseo” de Dan Ariely, para ampliar en este aspecto. Es uno de los trabajos de economía conductual que más me gustan.

¿Cómo empezar a ser minimalista?

La pregunta que más me han hecho con diferencia es esta. Después de interiorizar y pensar sobre las mil quinientas palabras anteriores y ver si encajan contigo; insisto, después que para algo las he escrito, empieza a encontrar tus puntos óptimos. Así se empieza.

¿Qué son los puntos óptimos? Lo suficiente en cada situación personal. Se descubre con la observación a uno mismo y nadie te puede dar la respuesta. Puedo asumir que te sobran cosas, no soy capaz de decidir por ti cuántas ni cuáles.

Cuando uno descubre exactamente qué quiere y qué necesita para lograrlo, deja de desear todo lo demás con tanta fuerza. En serio que todo pierde brillo. No es exactamente que ya no aprecies nada bonito, pero es mas “meh, es chulo pero no me hace falta”, “está bien pero ya tengo uno así”, “es buen producto pero creo que no merece lo que cuesta”, “puedo vivir sin ti”… te permite verle los peros e inconvenientes a las cosas; te permite no ser dependiente de ellas.

Por ejemplo, mi punto óptimo de piezas de cocina son dos vasos, dos platos hondos, dos boles pequeños y uno grande, una ensaladera, dos tenedores, dos cuchillos, dos cucharas soperas y dos cucharillas de café. Podría tener menos pero se me complicarían algunas cosas, podría tener más pero trabajaría extra por ello. Y, la verdad, no deseo nada de esto cuando voy a IKEA porque me da hasta pereza optimizarlo de nuevo.

Vivo sola, mis vasos son cortos y pequeños así que se pueden usar tanto para café y té como para bebida fría —de la que yo solo bebo agua—, los platos hondos no son muy clásicos sino más bien ‘abandejados’ y sirven indistintamente como hondos y como planos. De hecho, a mi no me gusta la distinción entre plato hondo y plano tradicional, entiendo que el hondo sirve para las dos cosas y que, de hecho, hace de plano mejor que los planos; en los cuales a veces las cosas de “deslizan” fuera. Para el líquido, a mi no me parece que los hondos de todas formas contengan adecuadamente las cosas, creo que los boles son más eficientes en ello.

En fin, que te puede parecer mucho o poco, pero yo tengo comprobadísimo que con estas herramientas puedo poner una mesa entera para dos. ¿Y si vienen más personas? Sin aviso previo, en años nunca ha ocurrido. A mi me visita una sola persona el 90% del tiempo, a veces es mi madre, sobrina o a veces una amiga, pero siempre vienen de uno en uno. Es improductivo estar preparado para cosas que no ocurren, e imposible estar preparado para absolutamente todo lo que pueda ocurrir. El máximo de personas que he tenido a la vez a comer alguna vez —y siempre con aviso— son cuatro, así que guardado tengo el resto que de piezas necesarias para llegar a cuatro comensales, y ese es el máximo de “por si acaso” al que me permito llegar.

Por qué no las tengo todas fuera, dirás. Porque si las tengo todas al uso, las uso, válgase la redundancia, tanto si las uso como si no. Es decir, para empezar, se ensucian solo estando fuera, lo que me da trabajo gratis. Pero lo normal es que encima tienda a usarlas todas, y acumular loza por fregar. ¡Friega lo que usas!, dirás. Exacto, lo hago. ¿Para qué las tengo todas fuera, entonces, si es imposible el uso simultáneo?

Básicamente tienes que ir así con todo. Usando tu sentido común. No te voy a decir que tengas solo dos vasos, pero muchos de los que me consultan tienen los juegos de la abuela de 32, cuando en la mayoría de casas de ciudad ni siquiera cabrían 32 personas a la vez.

En fin, que es un gran trabajo y, encima, puede variar con el tiempo. Por ejemplo, antes yo solo tenía una funda de edredón porque tenía comprobado que se podía lavar y secar en el mismo día. En invierno tardaba un poco más, pero poniéndola a tender temprano siempre llegaba a tiempo para la hora de dormir. Nunca se me pasó por la cabeza que hiciera falta otra y nunca sucedió, pero cuando me mudé a una zona más fría y lluviosa no me quedó más remedio que comprar otra de repuesto para irlas rotando.

La mayor parte de la gente, cuando compra el edredón, compra también un par de juegos completos con él desde el principio, presuponiendo una necesidad futura que tal vez no ocurrirá. Cuando eres minimalista, en lugar de esto, esperas a que la necesidad práctica se presente. Y cuando se presenta, valoras si merece la pena —el tiempo— satisfacerla. Con el edredón valía la pena por no enfermarme durmiendo con ropa mojada, pero la mayoría de las veces no lo vale.

Habitación por habitación

No estoy de acuerdo con muchas de las técnicas o reglas de “iniciación” minimalista que se ponen de moda. Una de ellas dice que deberías vivir con justo 33 prendas de ropa cada 3 meses, independientemente de dónde vivas, tu edad, género u ocupación. Siempre me ha parecido absurdo eso de poner una cifra forzosa a lo genérico. No lo he intentado, debo reconocer, pero casi todos los que conozco que lo han intentado han abandonado la norma a los pocos meses. Y yo no me creo más talentosa que ellos. Tengo unas setenta prendas, si tienes curiosidad, pero para todo el año y toda ocasión —y yo sí incluyo pijamas, ropa interior, ropa de deporte, zapatos y bolsos ahí—.

Otra llamada “entra uno sale otro”, dice que deberías tirar algo por cada cosa que compras. Me parece mal porque estas diciendo que “pagas” desechando. Básicamente estás validando el consumo; casi potenciándolo, porque permites calmar la culpa si a cambio se tira otra cosa. Hay gente a la que le funciona, pero intuyo que a la mayoría no. “Hecha la regla, hecha la trampa”. He visto minimalistas con esta norma que no han cambiado en absoluto su sistema de vida consumista, pero su casa no lo aparenta porque desechan a la misma velocidad a la que adquieren. Si ellos son felices con el espacio libre en constante cambio a mí me parece bien, pero eso no es minimalismo. No han descubierto nada sobre qué es lo que necesitan, están todo el tiempo probándolo.

Las únicas “leyes” que yo he recomendado a quien empieza alguna vez son: como norma general las repeticiones son prescindibles, los decorados paulatinamente se hacen inútiles, el por si acaso suele ser mentira y no creo que necesites nada que no usas a menudo —y en este último caso, a veces, incluso así, deberías prescindir de ello—.

Y luego tengo que explicar que dije en general, creo, a veces y suele, y que no estoy diciendo que se deba de tener solo un par de calcetines.

Con lo primero solo quiero decir que de las cosas repetidas hay que desconfiar por defecto y buscarles el punto óptimo. Normalmente el punto en los calcetines está entre uno y siete, porque casi todo el mundo pone la lavadora, al menos, una vez a la semana, pero varía de persona a persona y hay que descubrirlo.

Con otras categorías de objetos es más fácil. Por ejemplo, casi nadie necesita dos televisores. Yo, de hecho, hace 9 años que no tengo televisión. Descubrí que no la necesitaba porque una vez limpiando la desenchufé, y no me enteré de este hecho hasta 3 meses después. Trabajo once horas diarias en el ordenador, así que, cuando acabo, lo menos que me apetece es encender otra pantalla.

Tampoco se suele necesitar más de un secador o más de un perfume que te guste ni más de un cepillo de dientes por persona. Hay objetos, por tanto, que son muy obvios. Los que no lo son, tiende a ser por su similitud pero no exacta equivalencia; como la ropa, las herramientas para los hobbies, el material escolar o los programas / aplicaciones. Son similares pero, o no son exactamente iguales o no las usas para exactamente lo mismo. Esto crea un vacío, en el cual no sabes si tienes uno de cada o dos de la misma cosa.

Para esto, quizá, sí me gusta la norma que se inventó Joshua Fields. Consiste en que dar por sentado que no necesita algo si no lo usas en los siguientes sesenta días —los días son flexibles—. Cuando uno tiene muchas repeticiones de algo tiene que repartirse entre ellas, esto hace que la frecuencia de uso necesariamente deba caer porque tu tiempo es finito. A veces cae a cero, como en el caso de mi televisión, y acabas descubriendo los “favoritos” o “elegidos” solo observando tus decisiones diarias. Porque si no “sirve para lo mismo” no tiene la posibilidad de ser relegado por una copia y, por tanto, lo usarás.

¿Los decorados son inútiles? Los decorados en general, con el tiempo, son totalmente inútiles. El cerebro está preparado para notar diferencias en el entorno y los estímulos pierden fuerza cuando se repiten. Paulatinamente no verás ningún marco, jarrón o caja bonita; pasarás por delante de ellos como si no existieran porque, de hecho, para tu cerebro es exactamente así.

Esta es la razón por la que los paisajes de una ciudad pierden encanto con el tiempo, por lo que eres capaz de detectar el movimiento de una mosca de lejos, o por lo que tu cerebro tiende a “bajar el volumen del ruido” y te acostumbras rápidamente al estruendo de una cafetería cuando permaneces un rato en ella.

Las excepciones a esto son objetos decorativos que demandan atención cada poco tiempo o que cambian por sí mismos, por ejemplo: los que contienen cosas al uso, las velas si se encienden o las plantas porque hay que regarlas y crecen. Aquí, pues depende de la utilidad. En principio los que contienen cosas (como una bandeja donde dejar las monedas en la entrada) tiene funciones. Habría que ir objeto a objeto comprobando si la función merece el esfuerzo del mantenimiento (limpieza) que el objeto demanda. Las plantas en sí mismas pueden tener utilidad directa —yo no planto flores sino especias— pero además el hecho de que cambien crea una “sensación de progreso” que resulta psicológicamente terapéutica y esa puede ser su función principal para algunas personas.

Después está lo del “por si acaso”. Como ya dije, es improductivo estar preparado para cosas que no ocurren, e imposible estar preparado para absolutamente todo lo que pueda ocurrir. El por si acaso es una pobre forma de camuflar la indecisión y el miedo: las cosas, ahora mismo, son necesarias o no lo son. Se decide por el ahora, no por el mañana.

La gente tiene miedo al mañana, no al hoy, dirás. Exacto. Y yo solo puedo decir respecto a este punto que la mayoría de mis más terribles temores respecto a cosas materiales jamás han estado ni cerca de materializarse. Respecto a otras cosas sí, pero en lo material no. Pero es que, además, te invito a que pienses en lo peor que puede pasar. Es en serio. La gente no tiene un plan para cuando triunfa, ni tampoco para cuando fracasa. Por esto mismo conciben el concepto de “El problema” como un huracán —con nombre propio sí— y de categoría cinco que hay que esquivar. Están tan concentrados en esquivarlo, que nunca han pensado en que quizá es más fácil tener un plan de contención, o reconstrucción de daños. Quizá, si no tienes para ocho invitados, no pasa nada. Puedes decirles que vas falta de platos porque se presenta mucha gente de golpe y que si se traen algunos para colaborar.

Por el otro lado está la aparente contradicción que dije en el último punto: “Incluso a veces deberías prescindir de lo que usas a menudo”. Me parece que la mayoría de los minimalistas inciden mucho en la frecuencia de uso como única referencia para descubrir “lo importante”. Descuidando que, a veces, hacemos la mayor parte del tiempo cosas poco importantes.

Un ejemplo práctico: el otro día descubrí que en los años que he contabilizado las series que veo en el ordenador he pasado 2 meses, 0 días y 45 minutos viendo series. Se puede decir de muchas formas, pero la realidad es que dos meses enteros de mi vida se han ido viendo vidas de otros y, supongo que estarás de acuerdo, no es para nada un uso valioso. He decidido dejar de ver series, al menos en soledad —si veo algún capitulo será por la compañía—, dejar de pagar Netflix durante un tiempo para no tener la tentación tan a mano y no empezar ninguna serie nueva a la que engancharme.

Al grano

Hasta ahora he parecido muy filosófica. E igual te parecerá que no te he dicho en la práctica qué pasos debes seguir. Hay muchas “doctrinas” para deshacerse de cosas, por eso no e incidido mucho en este punto, y hay gurús de esto para todos los gustos.

Los de The Minimalist inventaron un juego práctico en el que te deshaces de algo diariamente durante todo un mes basándote casi exclusivamente en la frecuencia de uso. Marie Kondo, la japonesa del orden, va al otro extremo del plano espiritual y tiene una sección de reducción por categorías según la “felicidad” que te causen los objetos al tocarlos. Ente medio está la gente que reduce por habitaciones teniendo un poco en cuenta todo: la frecuencia de uso, la utilidad general, el apego… También están los simplificadores digitales. Creo que los minimalistas más radicales que conozco son Andrew Hyde, el emprendedor vagabundo que sólo posee quince objetos, y Fumio Sasaki que vive en 20 metros cuadrados en Tokio, sin muebles de ningún tipo y tiene solo 20 prendas de ropa.

Yo no soy una persona para nada espiritual y lo de Marie no lo entiendo. Tampoco soy una radical porque creo que lo razonable se puede sostener más tiempo y es más práctico. Por el otro lado también estoy medioambientalmente concienciada y no me parece respetuoso para con el esfuerzo que cuesta ganar el dinero con el que se compran las cosas y los recursos empleados en crearlas, el reducir el tirar a un juego. Porque yo entiendo por juegos “cosas divertidas” y no me parece que tirar sea una diversión. En realidad tirar es bastante adictivo y no creo que este proceso deba ser disfrutado a fin de que se haga bien, y no por el “placer de desechar”.

También está que como he sido minimalista casi desde el inicio con la mayoría de cosas, no me podía dejar llevar por la “pasión” de un gran volumen a reducir, entonces no es un problema en el que tenga una gran experiencia. Siempre tuve poca ropa, no recuerdo haber coleccionado nunca nada, no me emocionan los zapatos, hasta bien adulta prefería los bolsillos a los bolsos y siempre he preferido lo digital a lo físico.

Lo más parecido que tengo en el historial personal a una reducción drástica fue mi primera gran mudanza, lo demás ha sido ayudando a otros. Los “otros” se cuentan ya por docenas, por cierto. En base a esos casos, lo que yo recomiendo es ir poco a poco y asumir que se necesitará más de una pasada. Creo que las cosas no se tienen que simplificar en dos días porque tampoco se acumularon en ese tiempo.

Con la ropa igual sí vale la pena eso de ponerla toda de golpe en una tonga y elegir en el acto en modo maratón, por eso de que hay que probársela y con el tiempo cambian los gustos. Pero con el resto de cosas de la casa yo siempre recomendé ir por cuartos y más concretamente por muebles, a veces, incluso, lo reduje a gavetas. Es un proceso grande, y largo, por lo que poco a poco dá menos pereza: una gaveta hoy y otra mañana es más soportable para la mayoría.

Para hablar de mí y no usar la vida de gente que me ha consultado, como dije, yo no tenía mucho volumen propio. Pero quería dejar la casa con espacio y mis familiares me habían donado muchas cosas inútiles que creían que necesitaría. Quería que quedara algo de vacío para configurar una vida que me gustara a mí, no a ellos, así que en cachivaches de hogar “no propios” sí descarté cosas que tímidamente devolví al prestatario con muchos agradecimientos y disculpas.

Hice una purga general cuando empecé a colocar todo en el nuevo lugar, quitando todo aquello que no recordaba haber usado en el medio o corto plazo, que ni tan siquiera recordaba haber usado alguna vez, que no me veía usando nunca en mi nueva vida o no sabía usar. Luego fui mueble por mueble recortando más en cosas pequeñas que mi madre me había donado repetidas, no hacían falta o en lo que sobraba de los puntos óptimos. Incluso rechacé cosas solo porque no me gustaban y quería versiones propias más acordes a mí y luego descubrí que ni me hacía falta.

También he de decir que cada cierto tiempo tengo que hacerlo de nuevo. El minimalismo no se “acaba”. Sobre todo en lo que respecta a cachivaches sentimentales y regalos. Siempre he repetido cada purga general en cada siguiente mudanza y cada año nuevo. También soy usuaria activa de Wallapop, Vibbo y portales así. Cuando hay algo que ya no uso pero vale caro, lo vendo antes de que pierda valor.

El inmovilizado pierde valor a cuanto más tiempo esté acumulado. Estuve en la facultar de empresariales, ¿no? Pues esto es un básico. Es más, en este siglo el valor se pierde tremendamente rápido en comparación con el pasado, sobre todo en algunas categorías como la tecnología. Todo lo que dejes guardado pierde valor día a día. De todas formas, esto de inmovilizar los activos aplica hasta con el dinero, aunque sea por la mera inflación, todo vale menos que ayer y, por tanto, si no está produciendo, es decir usándose, está mermando.

Por otra parte, en el mundo de la economía, los costes en los que ya se ha incurrido y no pueden ser recuperados se conocen como hundidos. Los artículos de una casa casa, en su mayoría, deben considerarse como costes hundidos (salvo situaciones excepcionales en los que un elemento aumenta de valor, como el oro). Como no se puede recuperar todo el dinero que se ha gastado en ese artículo, no debería ser un argumento para conservarlo; al revés, debería venderse pronto para, en todo caso, recuperar lo que sea posible.

La única manera de evitar que el valor desaparezca por sí solo es manteniéndolo en movimiento. Hay gente que se siente mal por vender, yo lo hago todo el tiempo aunque no necesite el dinero especialmente. Y creo que uno debería sentirse peor cuando no lo hace, es como si uno faltara el respeto al tiempo y el dinero: el tiempo que costó ganar el valor de la cosa está ahí cogiendo polvo y mermando poco a poco en el cajón. No sé cómo podéis saberlo y no hacer nada. Unos cuantos trastos acumulados que no se usan y no se venden es, en tus cuentas y a rasgos prácticos, básicamente lo mismo que coger un billete en las manos cada año y prenderle fuego.

Para las cosas que no compensa su venta porque me van a dar más trabajo y gastos de envío que beneficios, hay un par de proyectos sociales en mi ciudad a los que les llevo objetos: una librería solidaria que revende los títulos donados a un euro, y una protectora de animales que tiene una tienda de reventa de artículos varios cuyos beneficios se destinan a alimentar a los perros del albergue.

Cuando comento esto suele salir algún iluminado a decir que si donar no es quemar el dinero. Y yo le explico que no, porque el tiempo es dinero. Donando no incurro en beneficios ni recupero la inversión, pero al menos dejo de tener pérdidas de tiempo de mantenimiento —tiempo que puedo dedicar a producir más dinero—. Y, de todas formas, aunque no ganara nada, hay otro error lógico en creer que las donaciones son “altruistas”. En cierta medida a mi me “hace feliz” o como mínimo me reporta satisfacción, colaborar en los proyectos en los que creo.

Pasos prácticos a seguir:

Esta es una simplificación máxima de lo que te recomiendan todos los minimalistas que he leído hasta la fecha. Y he leído cientos.

Algunos van por categorías y habitaciones enteras porque, inteligentemente, piensan que cuando pases de una a otra zona pequeña, con el tiempo, olvidarás qué ya tienes en alguna anterior e igual te dejas repeticiones. Es cierto, va a ocurrir. Pero, en mi experiencia, pasa lo mismo si te digo “trae toda la ropa aquí y haz una pila”, hay prendas que pasarás por alto y no las traerás de todas formas. También te pasará por cuartos, porque en un día verás cientos de cachivaches en cada uno y no los recordarás todos a la tercera habitación. La única diferencia es que en categorías y cuartos es más volumen, ergo más trabajo de golpe. Yo creo que es mejor asumir que habrá que dar más pasadas, que este trabajo va para largo y que, por tanto, por qué no ir poco a poco en lugar de fundirse cuando la motivación inicial se apague.

Por cierto, lo de no comprar en el proceso es muy importante. Es tremendamente tentador tirar para comprar versiones nuevas. Si tienes en el plan que “siempre lo puedes sustituir”, tiras cosas que sí necesitabas. Tirar crea una satisfacción inmediata muy poderosa. Realmente puede llegar a ser tan adictivo como comprar. Sin darte cuenta pasas de un sitio a otro y ya no te preguntas si has de tirarlo, sino si puedes hacerlo. No estás remodelado, estás tirando cosas que no usas, así que no hay nada que reponer.

Insisto, no hay nada que reponer. Si repones no se acaba nunca. Ni siquiera hay que mover para reponer el espacio. Déjalo vacío. Si no puedes soportar el vacío, porque la verdad he observado que la gente tiene un problema con él y necesita fervientemente llenarlo, es el mueble el que sobra, no el vacío. El vacío, por definición, nunca sobra.

Otra cosa que muchos manuales suelen recomendar es hacer archivo, es decir apuntar y cuantificar en lista cada objeto. Pero esto yo solo lo recomendaría a la segunda pasada, o la tercera, tal vez. Con la primera es demasiado trabajo, desmotiva sobremanera a la gente y añade un paso más a una tarea que ya de por sí ofrece resistencia. Nunca recomendé listar a nadie que cuando entrase por la puerta de su casa considerara que tenía una vivienda de promedio. Solo se lo recomendé a los ya clara y visiblemente minimalistas.

También me gusta incitar a la gente a que se motive con lo ecológicamente positivo del proceso. Por ejemplo, como la gente suele sentirse “culpable” cuando tira, en lo que debe ser tirado les incito a seleccionar para reciclar en los puntos limpios. En realidad cualquier cosa está más desaprovechada en tu gaveta que transformada en algo útil para otro. A mi me gusta mucho el movimiento waste zero, y comprendo perfectamente el sentimiento de no querer “desaprovechar”. Simplemente, entre tirar tiempo y tirar cosas, es mejor tirar cosas porque el tiempo no puede ser repuesto, las cosas sí. Además, a las cosas podemos darles otra vida, por lo cual la culpa no tiene razón de ser aquí si se hace bien.

Amplía:

Has leído casi 6000 palabras, pero si eres como yo tal vez esto no te sea suficiente. Te paso una lista de minimalistas que puedes leer, tanto en libros como en sus páginas web. Falta contenido de todo lo que hay escrito, seguramente, esto es solo todo lo que ya he leído yo. También pongo algunos que he entrevistado personalmente.

Es posible que en estos años ya nos hayamos conocido, si has caído aquí, me conoces y notas que faltas en la lista escríbeme, lo más probable es que te olvidara.

Los he dividido por “estilos” para simplificar tu búsqueda. Algunos minimalistas inciden más en la experiencia vital, los procesos o las constantes más filosóficas, por eso van juntos. El estilo asiático se engloba en una sola categoría porque tienen todos en general un componente místico o sentimental diferente: para ellos el ‘Dan Sha Ri’, o arte de tirar, es conocerse uno mismo a través del orden. Los prácticos se concentran más en los objetos en sí, también hay aquí algunos con un claro componente digitalizador. Y los radicales, aunque podrían pertenecer a otra categoría, se ponen juntos para que quede claro que sirven como inspiración pero son difíciles de imitar —el punto en común es que no tiene casa o residencia fija—.

Minimalismo existencial:

Minimalismo asiático:

Mininalismo práctico:

Entrevistas:

Radicales:

Por último, si quieres mi ayuda para tu propio proceso de simplificación y tienes preguntas concretas puedes escribirme un correo electrónico. Por favor, para simplificar el proceso escribe desde tu primer correo la pregunta e intenta ser claro y breve. Lo haré lo mejor que pueda y tan rápido como pueda. Sí, es gratis, aunque acepto donaciones voluntarias si crees que te ha sido útil.

V.

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